CAPITULO 1.
ESCAPE.
Hoy tras el tormento de una vida oscura, intenté recordar lo que me atrajo a ella…
Todo fue tan real, aquel sueño en el que me encontraba a mi misma, Yo estaba desesperada –dijo una misteriosa voz. Mis padres se oponían rotundamente a que tuviera amores con él, y habían llegado a ser muy crueles conmigo. Durante los últimos días de este tormento no me habían dejado ni asomarme a la puerta. En otro tiempo, en otro momento, podía verlo aunque fuera un segundo, desde el umbral de la puerta, parado en aquella esquina, aguardándome desde el amanecer.¡Después todo, eso se había desvanecido como el viento del otoño que se lleva las hojas secas!
La semana anterior había conversado con mamá, una conversación que no fue nada agradable para mí, el pensar en ello era un amargo recuerdo.
–¿Pero que le hallan tú y mi padre para hacernos pasar este infierno? ¡Por Dios! ¿Acaso hay algo malo en él? ¿ Por qué se oponen ustedes como si fuera indigno de pasar a visitarme?
Mamá, sin responderme, me hizo salir. Papá, que entraba en ese momento, me detuvo del brazo, y una vez que mamá le contó lo que yo había dicho, me empujó tomándome del hombro violentamente lanzándome hacia atrás:
–Tu madre se equivoca; lo que ha querido decir es que ella y yo, ¡lo oyes bien!, preferimos verte muerta antes que en los brazos de ese hombre. Y ni una palabra mas sobre esto– Dijo mi padre.
–Muy bien si eso es lo que quieres– respondí volviéndome, más pálida, que el mantel blanco que cubría la mesa de la cocina– Jamás hablaré más sobre él en este lugar.
Entré en mi habitación caminando lentamente, profundamente asombrada de ver lo que pasaba, divagando sobre todo aquello, no podía creer que me negaran algo así sin ninguna explicación. Me detuve frente al espejo para mirarme, aparté mi larga cabellera rojiza que rozaba mis mejillas par poder ver mis ojos, grises, como el cielo que está a punto de llorar gruesas gotas sobre la tierra. Tenía una estatura imponente, y un cuerpo delgado, suficiente como para desafiar a mi padre, mas mi maldita timidez me lo impedía. Me senté en la cama, pensativa. Sentí como una lagrima corría por mi mejilla y el sólo pensarlo me hizo estremecer, una escalofrío recorrió mi espina, pero si eso es lo que querían, así sería, había decidido morir...
¡Morir! ¿Qué significa lo que mi alma afligida trata de decirme? ¡Descansar en la muerte de este infierno, de todos, él estaba a dos pasos esperando verme y sufriendo más que yo! Porque jamás podría tenerlo entre mis brazos, jamás podría crear esa magia con la se hacen los sueños ¿Qué era lo malo que le encontraban?, me pregunto aún. ¿Qué era pobre? Nosotros lo éramos tanto como él.
¡Oh! La terquedad de mi padre yo la conocía, como alguna vez la había conocido mi madre; el decía: “¡muerto mil veces, antes que verla a lado de ese hombre!”
Pero él, papá ¿Qué me daba a cambio si no era la desgracia de amar con todo mi ser sabiéndome amada, y condenarme a no asomarme ni siquera a la puerta para verlo un instante?
Morir era preferible, si, morir juntos...
Yo sabía que él era capaz de quitarse la vida por mí; pero yo, que sola no hallaba fuerzas para cumplir mi destino, sentía que una vez a su lado prefería mil veces la muerte juntos a la desesperación de no volverlo a ver más...
Le escribí una carta, dispusimos como y donde, ya nada más podía importarme, estaba desesperada, triste, no encontraba una razón para el comportamiento de mi padre, y no quería buscarla tampoco, no, ese no era mi problema, mi problema era más simple, más humano, era amor, y nada más que amor. Una semana después nos hallábamos en el sitio convenido y ocupábamos una pieza del mismo hotel.
No puedo decir que me sentía orgullosa de lo que iba hacer, ni tampoco feliz de morir. Era algo más fatal, más frenética, más sin remisión, como si desde el fondo del pasado mi eternidad y todo lo que recordaba de vida, no hubieran tenido mas que otra finalidad que impúlsame en este fatal destino, al suicidio. Era como aquella tragedia de William Shakespeare, sólo que ahora era yo la protagonista. Esa idea me hizo sonreír, creo que él pudo notarlo, pues me respondió de la misma manera, con una sonrisa dibujada en sus tiernos labios.
Muy en el fondo nos sentíamos felices de morir. Ambos lo sabíamos, pese a nuestro nerviosismo, pues pude notar en sus ojos que él se sentía tan nervioso como yo, y con razón, estábamos a unos segundos de dar un gran paso, pero yo sabía que ninguno de los dos se arrepentiría, mas también pude notar que los dos teníamos miedo. Abandonaríamos la vida porque él nos había abandonado ya, al impedirnos ser el uno del otro. En el primero, puro y último abrazo que nos dimos sobre el lecho, vestidos y calzados como al llegar, comprendí, mareada de dicha entre sus brazos, cuan grande hubiera sido mi felicidad de haber llegado a ser suya por toda la eternidad, de compartir una vida juntos, de poder detener el tiempo aire para mirar sus ojos, justo como lo hacía en aquel instante.
A un tiempo tomamos el veneno que habíamos dispuesto para aquella ocasión, si, justo como la historia, nada me hubiera sorprendido si él, en ese momento, me hubiese llamado Julieta, pero no lo hizo, sencillamente pronunció mi nombre con una dulzura tal que mi corazón se detuvo “Flare” me dijo. Por un instante creí que no sería necesario beber el brebaje del vaso que sostenía con mi mano derecha...
En el brevísimo espacio de tiempo que tomo llevar el vaso a mi boca, aquellas mismas fuerzas me habían conducido a través de este túnel y me precipitaban a morir, se asomaron de golpe al borde de mi destino, a tratar de detenerme… ¡tarde ya!
Bruscamente, todos los ruidos de la calle, de la ciudad misma, cesaron. Retrocedieron vertiginosamente ante mí, dejando en su hueco un sitio enorme, como si hasta ese instante, el ámbito hubiera estado lleno de mil gritos.
Permanecí inmóvil un segundo más, con los ojos abiertos. De pronto me estreche convulsivamente a él, libre por fin de mi espantosa soledad.
Si, estaba junto a él. El tiempo era corto, aún pude apreciar la suave caricia de su mano débil, como si tártara de abrazar mi alma, y recíprocamente yo me aferré a él, con todas las fuerzas que me quedaban, sólo un poco mas y estaremos unidos para siempre...
–Perdóname– me dijo todavía oprimiéndome la cabeza contra su cuello. –Te amo tanto que te llevo conmigo.
–Yo te amo– le respondí –Y muero contigo.
No pude hablar más. Pero... ¿Ruido de pasos? ¿Qué voces venían del corredor a contemplar nuestras agonía? ¿Qué golpes tan frenéticos en la puerta?
–Nos han seguido, vienen a separarnos… – Murmuré. –Pero yo soy toda tuya.
Al concluir, me di cuenta que había pronunciado esas palabras mentalmente, pues al decir una vez más “te amo” me di cuenta que mis labios no se habían movido. En ese memento perdí el conocimiento.
Cuando volví en mí tuve la impresión de que iba a caer sino buscaba donde apoyarme. Me sentía tan ligera y descansada, que hasta la dulzura de abrir los ojos me fue una sensación que lastimo la sensibilidad de mis pupilas. Me encontré de repente de pie, recargada en la pared del fondo le ha habitación. Allá junto a la cama vi a mi madre desesperada.
Aquel momento fue confuso, me sentía mareada, y no pude reaccionar de manera lógica, era como si mi razón me hubiera abandonado y ahora estuviera a expensas de mis fantasías, o algo así.
¿Me habían salvado? Volví la vista a todos lados, y junto al velador, de pie como yo estaba él, que acababa de distinguirme, al principio pareció tan confuso como yo, me miró con incredulidad, casi con miedo, pero después de unos segundos, que para mi pareció la eternidad misma, se acercó sonriendo a mí. Fuimos rectamente uno hacia el otro, a pesar de la gran cantidad de personas que rodeaban el lecho. Nada nos dijimos, las palabras no fueron necesarias, nuestros ojos expresaban toda la felicidad de habernos encontrado.
Al verlo, diáfano pero visible a través de todo, acababa de comprender cual era nuestra situación, estábamos muertos...
Habíamos muerto, a pesar de mi temor de ser salvada cuando perdía el conocimiento. En la cama, mi madre desesperada me sacudía a gritos, mientras el mozo del hotel apartaba de mi cabeza los bazos de mi amado. Contemplar mi cuerpo inerte, y ver las lagrimas de mi madre escurrirse de sus ojos y bañar con ellas mi cuerpo me hizo dudar un instante, cómo si todo fuera un sueño, como si nada de esto hubiera pasado.
Alejados al fondo con las manos unidas, él y yo veíamos todo remotamente
–¡Amada mía…!– me decía –¡A que poco precio hemos pagado nuestra felicidad!
–Te amaré siempre, como te amé antes–– le respondí. –Y no nos separaremos más, ¿verdad?
–¡Oh no! Ya lo hemos probado
–¿Iras todas las noches a visitarme?
Mientras intercambiábamos así nuestras promesas oíamos los alaridos de mi madre que debían ser violentos, pero que nos llegaban con una sonoridad inerte y sin eco, como si no pudiera traspasar en más de un metro de ambiente que la rodaba.
Volvimos de nuevo la vista a la agitación de la pieza. Sacaban por fin nuestros cadáveres... Y debía de haber transcurrido un largo tiempo de nuestra muerte, pues pudimos notar que tanto su cuerpo como el mío tenían ya las articulaciones muy duras y los dedos rígidos.
Nuestros cadáveres… ¿Dónde pasaba eso? ¿En verdad había algo de nuestra vida, de nuestra ternura, en aquellos pesados cuerpos que bajaban con dificultad por las escaleras?
¡Muertos! Que absurdo. Lo que había vivido entre nosotros, y que era más fuerte que la vida misma, continuaba viviendo con todas las esperanzas de un eterno amor.
Antes no habría podido asomarme ni siquiera a la puerta para verlo; ahora hablaría regularmente con él, pues iría a casa como mi novio. O al menos era eso lo que yo deseaba, lo que yo fantaseaba, lo que quería desde el fondo de mi corazón, mas, mi corazón ya estaba muerto...
–¿Desde cuando iras a visitarme?– le pregunté.
–Mañana– repuso él –dejemos pasar hoy.
–¿Por qué mañana?– pregunté angustiada –¿no es lo mismo hoy? ¡Ven esta noche! ¡Tengo tantos deseos de estar con tigo!
–¡Y yo deseo estar contigo! ¿A las nueve entonces?
–Si. Está bien, hasta luego, amor mió...
Y nos separamos. Volvía a casa lentamente, feliz y desahogada como si regresara de la primera cita de amor que se repetiría esta noche. Las calles estaba desiertas, o al menos no encontré persona viviente alguna en mi camino de regreso. Me sentía ansiosa, un nerviosismo que no había experimentado jamás me estaba invadiendo. Todo sería genial, todo sería perfecto. Era como si la muerte no significara cambio alguno, podía caminar, regresaba a mi casa, encontraría a mi padre furioso, mi madre triste, mi habitación. En verdad no había cambio alguno.
A las nueve empunto “corrí” a la puerta de la calle y lo recibí yo misma. Él estaba en casa, ¡de visita!
–¿Sabes? La sala esta llena de gente– le dije -pero no nos incomodaran.
–Claro que no– Me respondió con una sonrisa cómplice – ¿estas tu ahí?
–Si, o al menos mi cuerpo.
–¿Muy desfigurada?
–No mucho, ¿creerás…? Ven, vamos a ver.
Entramos ala sala. A pesar de la lividez de mis sienes, de las aletas de la nariz muy tensas y las ventanillas muy negras, mis rostro era casi el mismo que él esperaba ver durante horas desde la esquina, cuando aún estábamos vivos.
–Estás muy parecida– dijo él.
–¿Verdad?–le respondí yo, contenta. Nos olvidamos de todo arrullándonos...
Por ratos, sin embargo, mamá miraba fijamente el espejo, mientras el dolor, recaía como una culpa sobre ella. Yo me levanté, me coloqué detrás y trate de confortarla, pero era inútil, su corazón estaba tan afligido que no podía sentirme.
–No llores más.– dije, pero ella precio estar muy ensimismada en todo el caos que estaba a su alrededor.
–¡Es tiempo de irnos!- dijo él, y me tomó de la mano.
–¿A dónde?- Respondí, algo extrañada de escuchar sus palabras, era como si no pudiera creerlo.
–No lo se, pero no podemos quedarnos más.
Y así salimos y cruzamos la puerta, apretaba fuertemente su mano como si un peligro nos aguardara más allá del umbral. Me sentí de repente desconcertada, una especie de esquizofrenia me invadió, una paranoia, como si alguien me persiguiera, como si tuviera que huir. Entonces pude sentir muy dentro de mi, pero con fuerza suficiente para darme cuenta de ello, no todo era igual, después de todo, algo había cambiado, y ahora tenía que descubrir que era.
Raul Izquierdo.